Acerca de nosotros

Somos un grupo de cursillistas que vivimos en Canadá y queremos ser fieles al Carisma Fundacional del Movimiento. Carisma recibido por Eduardo Bonnín, fundador del mismo. Nuestro deseo es propagar el Carisma del Movimiento. De esta manera se podrá continuar con lo que Eduardo fundó. Evitando así las desviaciones, modificaciones o agregados que con buena intensión se hacen pero que se alejan de lo que son verdaderamente los Cursillos de Cristiandad.

Eduardo define así:

"El Cursillo de Cristiandad es un movimiento que, mediante un método propio, intenta, y por la gracia de Dios, trata de conseguir que las realidades esenciales de lo cristiano, se hagan vida en la singularidad, en la originalidad y en la creatividad de la persona, para que descubriendo sus potencialidades y aceptando sus limitaciones, vaya tomando interés en emplear su libertad para hacerlas convicción, voluntad para hacerlas decisión y firmeza para realizarlas con constancia en su cotidiano vivir personal y comunitario".
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miércoles, 14 de abril de 2021

El nacimiento de método - parte 2

Aquel encuentro tuvo ya todos los elementos esenciales del cursillo de cristiandad, con las excepciones del primer y el último de los temas tratados, que no se conformaran definitivamente en el método hasta la década de los 50.

He oído reiteradas veces a Bonnín afirmar que desde ese cursillo de Cala Figuera, en todos los demás a que ha asistido ha seguido utilizando físicamente los mismos esquemas, materialmente los mismos papeles; queriendo así certificar que aquel fue ya íntegramente un auténtico Cursillo. Mi experiencia propia asevera este dato, si bien hay que complementarlo con el hecho de que en cada ocasión Bonnín tiene a la vista el esquema básico y un gran número de «fichas» en cartulina, que va renovando y acoplando en función de los problemas y posicionamientos concretos de los cursillistas, y que intercala con asombrosa naturalidad, haciendo que sus rollos –sus charlas– siempre sean distintos de una a otra vez, con ideas, vivencias y comparaciones –sus personalisimas «parábolas»– que parecen a cada uno de los oyentes –como así son–, dirigidos práctica y directamente al corazón de su concreto problema.

Sin duda, el Cursillo de Cala Figuera fue un auténtico cursillo de cristiandad también por sus frutos de conversión personal y proyección ambiental. Y sin duda, los demás dirigentes de la Acción Católica diocesana pensaron que era simplemente un nuevo Cursillo de Peregrinos más corto, con una serie de innovaciones muy en línea con «las cosas de Eduardo», que en la práctica se habían revelado más eficaces que «las cosas de Madrid», y, por tanto, eran dignas de repetirse; aunque se mantuvo la polémica de si debían especializarse los Cursillos por la cultura y la religiosidad de sus asistentes, Para Bonnín, como queda dicho, la experiencia abierta e interclasista que le había supuesto su servicio militar, convertía este punto en esencialísimo e irrenunciable.

Se celebró, a partir de Cala Figuera, aproximadamente un Cursillo de éstos al año, en medio del escepticismo de todos, menos el de Bonnín y el de quienes habían asistido a los anteriores. Estos nuevos Cursillos se intercalaron hasta 1948 con otros de Jefes y Adelantados de Peregrino, que seguían impartiendo en la Isla los dirigentes nacionales de Acción Católica.

El segundo Cursillo de Cristiandad (aunque entonces solamente se llamaban Cursillos, a secas), tuvo lugar en el Santuario de San Salvador, en Felanitx, también en la zona sur de la Isla, como el anterior; se celebró en septiembre de 1946, actuando de Director Espiritual nuevamente D. Juan Juliá; de «rector», el propio Eduardo Bonnín; y de profesores, Antonio Ruíz y Guillermo Estarellas, dos dirigentes juveniles de Acción Católica que adquirirían después un considerable protagonismo.

Al acto de clausura del Cursillo de 1946 asistió ya el Consiliario diocesano Sr. Dameto, en lo que constituyó sin duda el primer espaldarazo que la Iglesia diocesana, como tal, dio al nuevo sistema.

El tercer cursillo de la historia se celebró en 1947, del 16 al 20 de abril, dirigido espiritualmente por D. José Estelrich, con Eduardo Bonnín de rector y un solo profesor, José Seguí.

En 1948 fueron dos los cursillos que se impartieron con el nuevo método, y en fechas muy próximas entre sí. El primero de ellos se dio en Semana Santa, y en él dirigió el «retiro espiritual» el Padre Amengual y asumió la dirección espiritual el Padre Bartolomé Nicoláu, mientras actuó de rector José Ferragut, integrando su equipo de profesores Bonnín, Bartolomé Riutort y Juan Mir.

El siguiente Cursillo tuvo lugar en el mes de abril, también de 1948, bajo la dirección espiritual compartida de D. José Estelrich y D. Miguel Sastre, siendo su rector nuevamente Bonnín, y profesores Onofre Arbona y Antonio Salvà.

Hay dos rasgos peculiares de aquel Cursillo de la Semana Santa de 1948 que conviene subrayar.

Por una parte, se produjo en él por primera vez la distinción entre el sacerdote que impartió el «retiro espiritual» y el que dirigió espiritualmente el Cursillo propiamente dicho. Pocos sacerdotes estaban entonces en disposición de interrumpir sus actividades durante tres días y medio para dedicarlos a un método nuevo, diseñado por seglares, aún poco prestigiado y carente de estipendio. En cambio, era mucho más fácil convencer a reverendos inquietos y con prestigio para que dedicaran la tarde inicial del Cursillo y las primeras horas del día siguiente a exponer tres meditaciones sobre temas que ya les eran familiares, por estar entresacados del libro de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. El sacerdote director del Retiro regresaba a sus quehaceres ordinarios al terminar su intervención, es decir, antes de que se levantara la petición del rector de que los asistentes guardaran silencio, por lo que no llegaba a entrar en contacto personal con los cursillistas, ni con el ambiente específico del Cursillo.

El segundo rasgo destacable de este IV Cursillo es que el equipo seglar que lo dirigió integra quizá como ningún otro a los laicos que pueden considerarse a mi entender como fundadores del Movimiento en el más estricto sentido. De ellos, Bonnín y Riutort seguirán después activamente presentes en Cursillos hasta hoy mismo, y en cambio Ferragut y Juan Mir dejaran muy pronto cualquier protagonismo en el Movimiento, sin traumas ni rupturas. Es evidente que, de los cuatro, fue Bonnín el que plasmó el proyecto en esquemas de concepto y en directrices metodológicas, además de impulsar casi en solitario su puesta en práctica inicial; pero los otros tres estuvieron también implicados desde el primer momento. Con sus observaciones matizaron muchos elementos teóricos de Eduardo –sobre todo, Ferragut y Mir–, y con su apoyo práctico –especialmente Riutort– dieron forma concreta a lo que pudo quedarse en otro caso en un simple proyecto.

Tuve ocasión de conocer tanto a Pepe Ferragut como a Juan Mir, antes de que fallecieran, y creo interesante relatar brevemente esos encuentros para perfilar algo que creo siempre ha quedado desdibujado en las narraciones históricas de Cursillos. Estos dos seglares, protagonistas como pocos de la prehistoria de Cursillos junto a Bonnín, desaparecieron del entramado visible e institucional del Movimiento casi enseguida, y personalmente yo sentía mucha curiosidad por averiguar si este apartarse había obedecido a disensiones teóricas o a incompatibilidades prácticas de ambos con Bonnín –o con otros protagonistas ulteriores de Cursillos– o se debía a otras causas.

Cuando me encontré con Ferragut, a mediados de los 60, descubrí a un hombre que respiraba humanidad y sentido del humor; se excusaba de que su dedicación profesional a la arquitectura, a niveles de auténtica vocación, le hubiera hecho abandonar la actuación «apostólica», porque entendía entonces, en los años 40 y 50, que su posible labor era ya innecesaria, ante el fuste y la personalidad de Bonnín y de los demás seglares que Cursillos hizo aflorar. Ahora en cambio, lamentaba que no hubiera más seglares destacados próximos a Eduardo; y me encarecía que asumiera yo un papel que seguramente él habría debido «cumplir».

El caso de Juan Mir a quien conocí por las mismas fechas– era muy distinto. Era uno de los supuestos en los que resulta imposible saber donde termina la timidez y donde empieza la humildad o viceversa, Había seguido siempre «apostólicamente» activo, pero siempre entre bambalinas, rehusando intervenir en los actos que mínimamente pudieran calificarse como «de masas», y ante cualquier auditorio incluso menor que incluyera a no creyentes, que parecían ponerle por ese mismo hecho el alma en carne viva. En consecuencia, nunca hubo forma de volver a contar con él para intervenir públicamente en un Cursillo, una clausura o una Ultreya, cuando el Movimiento tomó volumen; pero resultaba entrañable y de una profundidad muy singular en el contexto de un pequeño grupo o de una Escuela de Dirigentes, donde «hubiera confianza». Su admiración por Eduardo era sólo pareja al enorme respeto que Bonnín mostraba hacia él, cortando amablemente cualquier intento que los demás hiciéramos de romper su aparente «complejo» y comprometerle más públicamente, Además, por aquellos años 60 estaba ya diagnosticado el cáncer que padecía, ante el que tenía una actitud irrepetible: por una parte se le notaba aprensivo y casi hipocondríaco, siempre pendiente de su medicación y alimentación; y por otra lo aceptaba con sencillez rotunda, como «una de las pocas ocasiones de hacer algo serio. que le había dado Dios», al poder llevarlo con serenidad.

Regresemos al relato básico.

Durante aquellos años, entre 1944 y 1948, se fueron formando por tanto en Mallorca diversos núcleos de cursillistas –unos captados por los nacientes Cursillos de Cristiandad, y otros procedentes de la Acción Católica y ahora «relanzados» a través de los Cursillos de Adelantados y Jefes de Peregrino–, que mostraban un estilo y una dimensión nueva del Cristianismo, realmente joven y masculina, que contrastaba claramente dentro del desprestigiado catolicismo de la Isla.

En los núcleos rurales iniciales –Felanitx, Son Mesquida, Calonge, Inca y Manacor– el grupo se orbitaba a través de dirigentes seglares locales, como Miguel Fiol, Onofre Arbona, Francisco Oliver, etc.

En la capital, Palma, el grupo inicial de cursillistas se articulaba a través de la Escuela de Dirigentes de los jóvenes de Acción Católica, a la que, ante su empuje y crecimiento, comenzaron a prestar atención reverendos muy cualificados, y muy singularmente el Padre Gabriel Seguí, de los Sagrados Corazones, que impartía en ella un curso completo sobre Estudio y Meditación de los Evangelios, que aún recuerdan muchos de aquellos pioneros; más esporádicamente colaboraron también con la Escuela en esta fase, D. Sebastián Gayá y el Padre Bartolomé Nicoláu, franciscano de la Tercera Orden Regular.

Entre los seglares integrantes de aquella Escuela de Dirigentes deben destacarse –aparte, como es lógico, de Eduardo Bonnín, Jose Ferragut y Juan Mir–, los ya también citados Riutort, Guillermo Estarellas, Antonio Ruíz, Miguel Fiol y Onofre Arbona, junto a otros no menos significativos en esta fase de alumbramiento del nuevo método: Bernardo Ribas, Vicente Bonet, Jerónimo Salleras, Antonio Frau, Fausto Morell, Miguel Mulet, Pascual Moragón, Viver, etc.

Esta Escuela fue considerada institucionalmente como el núcleo fundacional de los Cursillos, y por ello, como veremos, Monseñor Hervás tuvo desde el principio de su mandato como Obispo en Mallorca, una especial consideración hacia ella. En efecto, la Escuela fue recibida corporativamente durante meses, una vez a la semana, en Misa de madrugada en el Palacio Episcopal, durante la cual les impartía una meditación.

Y ello nos hace enlazar con otro hecho trascendental en la historia de los Cursillos.

lunes, 12 de abril de 2021

El nacimiento del método

Entiendo que el momento crucial de la génesis de los cursillos de cristiandad es la fase inmediatamente posterior a aquella Semana Santa de 1943, en que Bonnín relaciona lo vivido en el Cursillo de Peregrinos con sus inquietudes personales más profundas y con su experiencia catalizadora de los ambientes descristianizados. Llegó a la conclusión de que algo a la vez similar y diferente de aquel Cursillo de Jefes de Peregrino, podría conseguir dinamizar en cristiano no sólo un acontecimiento determinado –como la Peregrinación a Santiago–, sino la vida normal y diaria de los ambientes reales y concretos.

De esta inquietud surge un texto –el esquema «Estudio del Ambiente»– que elaboró Eduardo en ese mismo año de 1943, y que expuso en público por vez primera en el Seminario Diocesano de Mallorca, durante la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción de aquel año, acogiéndose a la invitación que para ello le hizo el rector de dicho Seminario, D. José Rossell.

Poco después, en el siguiente Cursillo de Jefes de Peregrino dado en Mallorca, los dirigentes nacionales de Acción Católica que lo dirigían, recibieron la propuesta de Ferragut y Bonnín de que ese esquema, «Estudio del Ambiente», se incorporara como una de las charlas a impartir. Conocedores de su contenido, aceptaron complacidos, y Bonnín, con ese texto, intervino como «profesor», comprobando que sus ideas básicas eran bien captadas en el positivo y distendido ambiente de aquel Cursillo.

Quienes hemos trabajado en Cursillos con una cierta mentalidad de análisis e investigación, hemos constatado sin posibilidad de duda que en aquel esquema de «Estudio del Ambiente» –el mismo que ha venido a constituir el primer tema del tercer día del cursillo de Cristiandad–, se contiene ya en síntesis cuanto habrían de ser, para su iniciador, los Cursillos de Cristiandad.

Efectivamente, el considerar que la realidad se mueve más por ambientes que por estructuras, organizaciones o clases, y que hace falta un profundo conocimiento del ambiente propio para transformarlo, distinguiendo muy bien quienes tienen en él luz o entidad propia y quienes configuran «el ambiente» propiamente dicho –o «la masa»– centrándose en los primeros y aplicando una estrategia muy diferenciada según permanezcan éstos en el ámbito del «nosotros» o de «los otros», constituye la espina dorsal del posterior movimiento de Cursillos cuando es genuino. Lo que se completa si se tiene en cuenta que, según este esquema, para captar a «los otros» lo necesario en primer lugar es captar su corazón, y sólo después intentar iluminar su cabeza, para en último lugar imantar su voluntad. Este será precisamente el recorrido psicopedagógico del cursillo de cristiandad, quintaesenciado. Como se advertirá que, para los ya incardinados en un «nosotros», el proceso es radicalmente inverso –voluntad, cabeza, corazón–, lo que plasma en esencia la metodología más identificadora del postcursillo. Y como se comprenderá que al hablar del ambiente en general, el esquema delineaba ya las pautas definitorias de lo que más tarde conoceremos como precursillo.

Tras el gesto de los representantes de la Acción Católica Nacional de incorporar a Bonnín como profesor de los Cursillos de Jefes de Peregrino, se produjo con naturalidad la entrada de Eduardo en aquella organización seglar de la Iglesia, donde se le recibió con esperada confianza, en un momento en que Ferragut, por razones reglamentarias de edad, tenía que dejar la presidencia diocesana, lo que originaba una inevitable recomposición del Consejo. El nuevo presidente, José Font, que era al propio tiempo Director del Instituto de Enseñanza Media de Palma, propuso la designación del recién llegado para una de las vocalías del Consejo Diocesano, la de «reconstrucción espiritual» –curioso nombre, con evidente sabor de postguerra, que casualmente expresa de forma muy gráfica la labor que a Bonnín le esperaba–.

Tanto Font como los demás componentes del Consejo veían a Bonnín, por su singularidad personal, como el obligado sucesor en la presidencia diocesana, por lo que le permitieron desde el primer momento una gran libertad de movimientos para que experimentara y pusiera en práctica sus revolucionarios planteamientos.

Especialmente importante resultó en esta fase la actitud inusualmente tolerante por aquellas fechas del Consiliario, D. José Dameto, hombre exquisito y refinado, de familia aristocrática, que supo llevar a la práctica como muy pocos de sus compañeros de sacerdocio en dicha etapa el respeto a la iniciativa y la autonomía del seglar, teóricamente tan bendecida y prácticamente tan coartada en la Acción Católica de los años 40 y aun posteriores.

En ese clima, y proyectando a la realidad su esquema de Estudio del Ambiente, Bonnín pensó y elaboró –desde su experiencia del Cursillo de Jefes de Peregrino– todo un método que sirviera para fermentar en cristiano las personas y ambientes «alejados», y para revitalizar en profundidad los más próximos.

Llegará a la conclusión de que en la vida normal casi nadie dispone de una semana entera para interrumpir sus actividades, por lo que debía comprimir el método en un máximo de tres días y medio. Rehizo todos y cada uno de los temas que impartían los seglares, aun aquellos cuyo título era coincidente –Piedad, Estudio, Acción, Dirigentes y Obras Marginales–, para adaptarlos a la mentalidad del no creyente, e imbuirlos de los principios expuestos en Estudio del Ambiente.

Por lo que respecta al «retiro» inicial de los Cursillos de Peregrinos, Bonnín respetó los esquemas de aquéllos, si bien introdujo, como pieza metodológica que resultó muy relevante, la celebración del «Viacrucis» según texto del Padre Llanos, como primer acto del Retiro, previendo que en su desarrollo se diera protagonismo, sin aparentar premeditación, a los que se entendía podrían dar después mayores problemas para integrarse en el cursillo. 

“También respetó íntegramente los esquemas de las cinco charlas sobre la Gracia que en los Cursillos de Peregrinos impartían los sacerdotes, para no inmiscuirse en su terreno.

En cuanto a la conducción del ambiente propio del Cursillo, alteró sustancialmente los cometidos del equipo de «profesores», cuidando de que aparecieran al servicio de los asistentes y no segregados de ellos (servir la mesa en las comidas, presencia en las charlas y en todos los demás actos, etc.), y tratando de que alcanzaran con todos y cada uno una relación realmente personal (labor «de pasillo»). Por otra parte, adaptó los resortes de relajamiento del ambiente, fomentando los chistes y las canciones no religiosas ni meramente folklóricas; reforzó la acción de los grupos o decurias, etc.

Para mí no cabe ninguna duda de que el cursillo de cristiandad nació de este trabajo de Bonnín de repensar de arriba a abajo el Cursillo de Jefes y Adelantados, para adaptarlo a un fin radicalmente distinto y a una mentalidad que juzgó también radicalmente innovadora, que se expresa en el esquema tantas veces mencionado de «Estudio del Ambiente», ya incorporado previamente a los Cursillos de Peregrino, al menos en Mallorca.

Las primeras dificultades de Bonnín para que le dejaran poner en práctica su novedoso método, se centraron en su pretensión de que un mismo sistema hubiera de servir para personas de diferentes niveles culturales y sociales, y para gentes descreídas y gentes con fe. Esa fue la primera «piedra de escándalo», que Bonnín intentaba atajar con citas de textos de autores hoy quizás un tanto olvidados, pero que creo interesante recordar ahora porque en aquel momento tuvieron un determinado peso conceptual o metodológico en el alumbramiento de los Cursillos. Se trata, entre otros, de Beda Hemegger, del Padre Will, de Alfredo Mª Cavagna, del Padre Cruz Ugalde, del Padre Charles o de Chautard, que investigaban –más que teorizaban– sobre lo que el «apostolado seglar» podía y debía ser.

“Sin duda, esa polémica sobre la especialización o no especialización del nuevo método según cultura y religiosidad de sus destinatarios, la protagonizó en aquel primer momento, frente a Eduardo, D. Sebastián Gayá, un sacerdote ya muy prestigiado en la Isla pese a su juventud, responsable en Mallorca, por aquellos años, de la Pastoral Universitaria, y que sin embargo poco después asumiría un notable papel en la génesis de Cursillos, tras incorporarse como Consiliario al Consejo Diocesano de jóvenes y sustituir a D. José Dameto. Quizás el punto de inflexión en su actitud la marcara la intervención que tuvo Bonnín por invitación de Gayá, en 1944, en la «Escuela de Propagandistas» que este último dirigía, y en la que Eduardo expuso el esquema que había preparado como tema final de «su» método, el que pasaría a integrar el rollo de «Cursillista más allá del Cursillo», que describe con gran capacidad de síntesis el perfil del seglar que aspira a suscitar el Cursillo. O quizás el cambio de actitud de D. Sebastián ante los nacientes Cursillos no se produjera sino más tarde, cuando el Doctor Hervás le nombró Consiliario de los jóvenes con instrucciones de potenciar y supervisar el nuevo movimiento. Lo que es indudable por los datos que he recogido, es que Bonnín tuvo desde el primer momento un gran interés en que Gayá se sumase a su proyecto, y que éste así lo hizo tras resistirse algún tiempo por no asumir la dimensión intercultural (o interclasista) del método que se creaba.

Aparte de con Gayá, Bonnín tuvo que defender frente a muchos más su planteamiento de un Cursillo abierto a cualquier tipo de creencia, de cultura o de otras dimensiones de la persona, siempre que tuvieran inquietud personal y personalidad real (lo que él llamaba «médula» y «hueso»). Y así lo defendió, con escaso éxito entre los «selectos» –sacerdotes o seglares con estudios superiores–, y con buena acogida entre los más sencillos. La actitud permisiva de D. Jose Dameto fue entonces decisiva, y con un grupo de seglares, básicamente de ambientes rurales, que admiraban su convicción pero no entendían muy bien su contenido integro, Bonnín pudo organizar un Cursillo según sus esquemas.

Se celebró el primer Cursillo según los esquemas de Bonnín en un «chalet» de Cala Figuera de Santanyí, en Mallorca, entre el 20 y el 23 de agosto de 1944.

El Director Espiritual de este primer Cursillo de Cristiandad de la historia fue el Reverendo D. Juan Juliá, actuando de «rector» Eduardo Bonnín y de «profesores» Jaime Riutort y José Ferragut.

Los asistentes fueron 14: cuatro que ya han fallecido, Sebastián Mestre, Antonio Binimelis, Leopoldo Febrer y Bartolomé Obrador; y diez que sobreviven, Miguel Rigo, Francisco Oliver, Onofre Arbona (después, destacado dirigente), Francisco Grimalt, Salvador Escribano, Damián Bover, Antonio Mesquida (hoy sacerdote), Francisco Estarellas, Antonio Obrador y Antonio Mas.

Recientemente, en 1989, celebraron su 45 aniversario, reuniéndose en torno a la Eucaristía y un almuerzo. Todos los que viven asistieron, o justificaron su inasistencia y enviaron su adhesión.

Fragmento de: Francisco Forteza Pujol. “Historia y Memoria de Cursillos”. 

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martes, 4 de agosto de 2020

Historia del Primer Cursillo de Cristiandad.

1944 es un año muy especial para la comunidad cursillista internacional.

Es cuando en la sencillez de un pequeño chalet de Cala Figuera en Santanyí, Mallorca España, se conjugan, el entusiasmo y visión de un joven mallorquín llamado Eduardo y el Benefactor Espíritu Santo.
Este agosto del 2020 se conmemora el 76o. Aniversario de este evento que dio inicio a un movimiento que ha marcado la vida de miles de Cristianos alrededor del mundo entero.

El grupo coordinador de Cursillos y Cursillistas quiere recordar este acontecimiento con la publicación de unas cápsulas que relatan los inicios de cursillos plasmados de la pluma de Francisco “Xisco” Forteza y Pujol y que están contenidas en el Libro “Historia y Memoria de los cursillos de cristiandad” libro indispensable en la biblioteca de quienes abanderan el carisma original.
Esperamos sea de su agrado.


El nacimiento del método
 
Entiendo que el momento crucial de la génesis de los cursillos de cristiandad es la fase inmediatamente posterior a aquella Semana Santa de 1943, en que Bonnín relaciona lo vivido en el Cursillo de Peregrinos con sus inquietudes personales más profundas y con su experiencia catalizadora de los ambientes descristianizados. Llegó a la conclusión de que algo a la vez similar y diferente de aquel Cursillo de Jefes de Peregrino, podría conseguir dinamizar en cristiano no sólo un acontecimiento determinado –como la Peregrinación a Santiago–, sino la vida normal y diaria de los ambientes reales y concretos.
 
De esta inquietud surge un texto –el esquema «Estudio del Ambiente»– que elaboró Eduardo en ese mismo año de 1943, y que expuso en público por vez primera en el Seminario Diocesano de Mallorca, durante la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción de aquel año, acogiéndose a la invitación que para ello le hizo el rector de dicho Seminario, D. José Rossell.
 
Poco después, en el siguiente Cursillo de Jefes de Peregrino dado en Mallorca, los dirigentes nacionales de Acción Católica que lo dirigían, recibieron la propuesta de Ferragut y Bonnín de que ese esquema, «Estudio del Ambiente», se incorporara como una de las charlas a impartir. Conocedores de su contenido, aceptaron complacidos, y Bonnín, con ese texto, intervino como «profesor», comprobando que sus ideas básicas eran bien captadas en el positivo y distendido ambiente de aquel Cursillo.
 
Quienes hemos trabajado en Cursillos con una cierta mentalidad de análisis e investigación, hemos constatado sin posibilidad de duda que en aquel esquema de «Estudio del Ambiente» –el mismo que ha venido a constituir el primer tema del tercer día del cursillo de Cristiandad–, se contiene ya en síntesis cuanto habrían de ser, para su iniciador, los Cursillos de Cristiandad.

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