Acerca de nosotros

Somos un grupo de cursillistas que vivimos en Canadá y queremos ser fieles al Carisma Fundacional del Movimiento. Carisma recibido por Eduardo Bonnín, fundador del mismo. Nuestro deseo es propagar el Carisma del Movimiento. De esta manera se podrá continuar con lo que Eduardo fundó. Evitando así las desviaciones, modificaciones o agregados que con buena intensión se hacen pero que se alejan de lo que son verdaderamente los Cursillos de Cristiandad.

Eduardo define así:

"El Cursillo de Cristiandad es un movimiento que, mediante un método propio, intenta, y por la gracia de Dios, trata de conseguir que las realidades esenciales de lo cristiano, se hagan vida en la singularidad, en la originalidad y en la creatividad de la persona, para que descubriendo sus potencialidades y aceptando sus limitaciones, vaya tomando interés en emplear su libertad para hacerlas convicción, voluntad para hacerlas decisión y firmeza para realizarlas con constancia en su cotidiano vivir personal y comunitario".

Nuestro objetivo

Nuestro objetivo es ir logrando que, por la gracia de Dios y las oraciones de muchos, haya cristianos verdaderos en todas las arterias vivas del humano existir, y que sin desgajarse de él, sepan adoptar una aptitud convencida y decidida que les ponga en disposición de ir descubriendo en sí mismos y desde sí mismos, en los demás y entre los demás, la trayectoria viva que lo cristiano vivo va avivando en ellos y en su entorno, al polarizarse, encarnarse, expresarse y comunicarse, a través de los que, en la arena de lo cotidiano, saben ser luz e impulso para los demás, con tanta naturalidad, que la multiplican y la contagian por su manera personal, radical y espontánea de realizarla desde la firme convicción y la plena libertad del que se siente hijo de Dios.

Hablar de libertad sin contar con la libertad interior de uno mismo, es olvidarse del último y decisivo eslabón con que termina y se conecta a la persona la cadena de libertades de cualquier clase o tipo que sea, que vaya consiguiendo. (Eduardo Bonnìn Aguiló)

domingo, 3 de junio de 2012

La que no existía



   Tenía graves problemas, estaba confundida, no sabía demasiado qué pensar. Sus fracasados matrimonios continuaban obsesionándola y su último idilio andaba a los tumbos. Toda su vida había buscado el gran amor. Pero la mala suerte se había ensañado con ella. Ahora estaba llegando a la cincuentena. Hubiera querido rehabilitarse a los ojos de su familia y de la sociedad y hacer  la paz con la religión. Pero era un poco tarde. Tantos cántaros rotos, tantos pedazos a recoger.
   Había cometido errores, hasta locuras, tratando de agradar a todos aquellos en los que esperaba encontrar el amor soñado. Finalmente se agotó sin haber podido gustar a nadie. Temía equivocarse a cada paso, se preguntaba si no podría hacer las cosas mejor, se cuestionaba, se sentía culpable de todo, hasta de sus mejores acciones. Sus amigos y sus maridos lo veían bien y todos se aprovechaban para abusar de ella. Era una mujer que se había perdido en el camino. Ya no existía…
   Un día, a la hora en que el sol pegaba más fuerte, tomó su cántaro vacío, y fue al pozo del pueblo a sacar agua. Alguien se le arrimó y le pidió agua. Situación harto arriesgada ya que ambos eran de razas enemigas y de religiones rivales. Para colmo, ella era mujer y él, varón. Era inconcebible que  una mujer se personara en público con un varón que no fuera su marido o algún pariente cercano. Podía ser matada por ello.
   Dicho varón era el mismo Jesús. Como de costumbre no se dejó frenar por las barreras sociales y los tabúes religiosos. Él fue quien dio el primer paso. La mujer en un principio hizo un movimiento atrás, pero pronto recapacitó. Total,  no sería su primer descarrío… Decidió hacer frente a la música. Entre los dos se entabló una buena discusión.
   Jesús no tardó en percatarse de que la sed de esa mujer no era solo de agua. Le dirigió entonces unas palabras que en el lenguaje de hoy vendría a ser algo más o menos así:
   “¡Mujer, detente un momento! ¿Tienes una conciencia? Escúchala. Tu conciencia es la que hace que no seas una cosa sino una persona.
Si tú eres tú y no otra, y si eres libre, es gracias a tu conciencia. Nadie tiene derecho sobre tu conciencia. Nadie tiene derecho a juzgarte. Tu conciencia es lo más sagrado que tienes. Nadie te lo ha dicho, lo sé. Nunca lo has sabido y es por eso que nunca has existido de verdad.
Estás desparramada, estás rota en mil pedazos, aferrada a todo el mundo y a nada. Te han hablado de deberes, de obligaciones, de leyes, de costumbres, de usos; has querido cumplir con todo eso, salvo contigo misma.
Nadie te ha dicho que tú eres grande, importante, única. Que la verdad está en el fondo de ti misma y que te habla. Te dice que no es un pecado que hayas buscado un gran amor. Por el contrario, era eso lo que debías hacer. Es una lástima que no lo hayas logrado.
Pues bien, yo te digo que tú estás habitada por la luz, por lo divino y por una belleza grande. Ninguna religión puede quitarte nada de esa realidad que está en lo profundo de tu ser, y que desde allí te habla. ¡Tu conciencia es la voz de esa belleza que te habita!
No tengas miedo de escucharla. No es enemiga de Dios sino el don más grande que Dios le haya hecho al ser humano. Sigue a tu conciencia. No tengas miedo de pensar “Yo”, de decir “Yo” a la luz de alguien que es más grande que todo, que está en el origen de todo y que te ama por sobre todo. Tú eres su imagen. Él es “Yo soy” y es lo que tú eres también.
Olvida tus fracasos. Tú debías buscar el gran amor que no has alcanzado aún. Y deberás seguir buscándolo, porque existes para eso. Esa sed te llega desde Aquel que es Amor. Desde ese Dios al que pronto no se adorará más en el Monte Garizim ni en el Templo de Jerusalén, sino en el fondo del corazón. Allí Él será adorado ‘en espíritu y en verdad’, en la claridad de la conciencia que hace que uno/una es una ‘persona’ ”
   La mujer bebía las palabras de Jesús como agua corriendo a borbotones a su corazón sediento. Tanto es así que, olvidándose de su cántaro vacío, salió corriendo hacia los vecinos del pueblo para anunciarles con gran alegría que acababa de realizar el mayor descubrimiento de su vida.
En realidad, ella tenía la sensación de estar naciendo por primera vez y que Dios la amaba. Caían las etiquetas. Todo lo que había sido: la samaritana, hija de sangres mezcladas y de religión medio pagana, la mujer con una vida afectiva fracasada, la amante que, después de compartir su vida con seis hombres, dudaba de haber sido amada de veras alguna vez, todo aquello parecía dejar de existir.
Los velos que tapaban el verdadero rostro de la mujer del cántaro vacío, se los estaba llevando el viento.
Ella se volvía “persona”.

Juan 4, 1-30
Eloy Roy






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